La OMS estima que la deficiencia de hierro es una de las más frecuentes en el mundo. También conocida como anemia, suele manifestarse con cansancio, palidez, dolor de cabeza, dificultad para concentrarse, uñas frágiles y mayor sensibilidad al frío.
Inicialmente, el cuerpo utiliza las reservas de ferritina; pero cuando estas disminuyen progresivamente, el organismo ya no dispone de una reserva suficiente para garantizar un aporte adecuado de hierro.
Es en esta fase cuando pueden aparecer los primeros signos evidentes de carencia, especialmente en períodos de alta demanda física o mental, cuando el cuerpo consume más recursos.
La alimentación también desempeña un papel importante: el hierro más fácil de absorber se denomina “hemo”, ya que forma parte de la hemoglobina y se encuentra en carnes blancas y rojas de origen animal. El “no hemo”, procedente de fuentes vegetales, requiere más atención en cuanto a combinaciones e inhibidores de absorción. Por ello, una alimentación exclusivamente vegetal o poco variada podría aumentar el riesgo de consumir hierro menos biodisponible.
Incluso llevando una alimentación adecuada, existen situaciones en las que puede producirse una menor absorción: intestino sensible, trastornos de malabsorción, celiaquía o el uso prolongado de medicamentos para reducir la acidez gástrica, son algunos ejemplos en los que el hierro puede absorberse con más dificultad.
Por último, el hierro disminuye fisiológicamente tras pérdidas de sangre, por ejemplo, después de una cirugía, una lesión o durante la menstruación. La deficiencia de Hierro es más frecuente en las mujeres también por este motivo, y si el flujo menstrual es especialmente abundante o prolongado, las reservas de ferritina pueden agotarse rápidamente.